2026-04-21

SAN LUIS

Liberaron al sospechoso del intento de secuestro de una nena en San Luis y crece la indignación

Ocurrió en el barrio San Martín. La madre contó que el hombre la sacó del patio mientras jugaba y la abandonó cuando fue descubierto. La familia la encontró minutos después, pero la Justicia dejó libre al sospechoso. El caso reavivó en San Luis el miedo más profundo: que otra vez una niña quede a merced de la impunidad.

 

El intento de llevarse a una niña en San Luis reabrió la herida más profunda: el miedo a otro caso Guadalupe.

Lo que pasó el sábado en el barrio San Martín podría haber terminado en una tragedia irreparable. Una nena de 10 años fue sacada de su casa a plena tarde y encontrada minutos después, cuando el hombre que se la llevaba la abandonó al verse descubierto. Pero la angustia de la familia no terminó con el hallazgo: el sospechoso fue detenido y al día siguiente recuperó la libertad.

En San Luis, un hecho de estas características no puede leerse como un episodio más. Porque cada vez que una criatura desaparece, aunque sea por minutos, aunque aparezca con vida, aunque el desenlace no sea el peor, vuelve a abrirse la misma herida: la de Guadalupe Belén Lucero, la niña que desapareció en 2021 y cuya ausencia sigue siendo la marca más dolorosa de una provincia que todavía no pudo responder qué pasó con ella. Acá, cuando una madre corre desesperada porque no encuentra a su hija, el miedo no es abstracto. Tiene nombre, tiene rostro y tiene memoria.

La madre de la menor, Verónica Molina, relató que todo ocurrió en cuestión de minutos. El sábado, cerca de las 15:20, habían terminado de almorzar y se quedaron viendo una película hasta alrededor de las 16:20. Después, como cualquier otra tarde, sus dos hijas —de 5 y 10 años— salieron a jugar al patio de la vivienda familiar, ubicada sobre calle Lavalle Norte, en un terreno donde también viven la abuela y un hermano de la mujer.

En un momento, Molina les propuso salir a comprar un helado, pero ninguna quiso. Diez minutos después, le pidió a la hija más chica que le preguntara a su hermana mayor si había cambiado de idea. Fue entonces cuando llegó la frase que la paralizó: “Mamá, la Vicky no está”.

Primero pensaron que podía haberse metido en la casa de la abuela o de algún familiar, pero no estaba en ningún lado. Nadie la había visto. Nadie escuchó ruidos. Nadie advirtió un movimiento extraño.

“Siempre anda conmigo o con mi familia”, contó la madre, convencida de que alguien aprovechó el momento exacto en que la más chica entró a tomar agua para llevarse a la otra nena.

Según relató, el sospechoso habría ingresado por una puerta de madera que da hacia un descampado de la granja La Amalia, un sector cubierto por vegetación alta, espesa y por momentos intransitable. Esa puerta, dijo, estaba acuñada con una tarima y un neumático de camión. Aun así, nadie escuchó nada.

La búsqueda desesperada empezó enseguida. Fue la abuela de la menor, Mirta Becerra, junto a un hijo, quien salió corriendo hacia el descampado. En medio de esa recorrida alcanzaron a divisar al hombre que llevaba a la niña. Al escuchar los gritos, la abandonó y escapó. La pequeña logró reaccionar, se puso de pie y corrió hacia los brazos de su familia.

“Le tapó la boca y se la llevó. Tampoco la llevó caminando, la llevó alzando y desmayada. Le tapó la boca con algún líquido fuerte. Eso es lo que no puedo esclarecer todavía porque está todo en manos de la Justicia”, relató Molina.

Cuando la encontró, dijo que su hija estaba “como ida”, aturdida, como una persona que se despierta de golpe después de haber sido dormida. Esa imagen, según contó, todavía la persigue.

El hombre fue detenido tras el episodio. Pero la Justicia lo liberó al día siguiente. La explicación que recibió la familia fue que no había pruebas suficientes para sostener que se trató de un secuestro. La investigación quedó en manos de la Fiscalía especializada en Género, Diversidad, Infancias y Adultos N° 2, integrada por Antonella Córdoba y Mercedes García, desde donde solo informaron que la pesquisa se amplió a nuevas líneas y que la menor se encuentra en buen estado de salud.

Para la familia, esa respuesta no alcanza. Y la bronca no es solo por la liberación. Es también por la sensación de que, una vez más, la gravedad del hecho no encuentra reflejo en la reacción del sistema judicial.

“Yo quiero que la Justicia haga las cosas bien una vez en la vida, porque esto ahora le pasó a mi hija, pero puede ser otra criatura y no la van a poder encontrar. Ese hombre se ve que no tenía buenas intenciones. Yo lo quiero preso”, dijo la madre.

La frase pega donde más duele. Porque en San Luis, hablar de una niña que puede no aparecer ya no es una hipótesis lejana. Es el eco inevitable del caso Guadalupe. Por eso la indignación crece. Porque no se trata solo de este expediente, ni solo de este sospechoso, ni solo de esta familia. Se trata también de una sociedad que ya sabe lo que pasa cuando el tiempo corre, las respuestas no llegan y la Justicia actúa sin la urgencia que exigen los hechos.

Las secuelas del episodio ya son visibles. Molina contó que su hija tiene miedo de salir al patio, no quiere volver a clases y que, por temor, se trasladaron a dormir a la casa de la abuela. También dijo que tanto la víctima como su hermana dejaron de asistir a la escuela.

A eso se suma otro reclamo: la falta de contención psicológica. Según relató, desde el juzgado le dijeron que consultara con las maestras para que ellas pudieran asistir emocionalmente a las niñas. “Ni del juzgado tampoco les quieren dar contención”, cuestionó.

La nena, además, reconoce al sospechoso y quiere hablar. Sin embargo, la entrevista en Cámara Gesell podría demorarse hasta cuatro meses. “No entiendo por qué están tardando tanto si ella quiere hablar”, reclamó la mujer.

Como si todo eso no alcanzara, la madre contó que el lunes fue hasta una zona de la granja La Amalia donde, según vecinos, residiría el sospechoso. Allí dijo haber visto cuchillos, ropa de niña y de mujer, cintos y cuerdas. También denunció un hecho que terminó de aumentar su desconcierto: antes de ser liberado, el hombre pidió una restricción de acercamiento en su contra. “El domingo a las doce de la noche me notificaron que él me hizo una restricción a mí, siendo que él se metió a mi domicilio y se llevó la criatura”, expresó.

La historia deja una sensación inquietante. No solo por lo que pasó, sino por lo que podría haber pasado. La nena apareció. La encontraron a tiempo. Su familia llegó antes de que el horror fuera completo. Pero en una provincia atravesada por el recuerdo de Guadalupe, eso no alcanza para tranquilizar a nadie.

Porque cuando una madre dice que su hija estuvo a minutos de desaparecer, lo que se activa no es solo el miedo personal. Es la memoria de una provincia que ya sabe demasiado bien lo que significa no llegar a tiempo.


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