2026-09-03

Leyendas de las tierras puntanas

Los Saaístas y los dos viejos caciques que todavía creen que San Luis les pertenece

Cuenta una antigua leyenda que durante décadas una poderosa tribu gobernó las tierras puntanas bajo el mando de dos hermanos. Perdieron el Palacio, se dividieron y juraron no volver a caminar juntos. Pero los tambores vuelven a sonar: los viejos caciques preparan otra marcha para recuperar lo que alguna vez creyeron suyo.

 

Cuenta una antigua leyenda que, entre las sierras, los valles y las extensas llanuras de las tierras puntanas, existió una poderosa tribu que durante tantos años ejerció el poder que terminó confundiendo una cosa con la otra.

Se llamaban los Saaístas.

No eran huarpes.

No eran comechingones.

No eran ranqueles.

Los Saaístas pertenecían a una estirpe diferente.

No adoraban al Sol ni a la Luna.

Adoraban el poder.

Y durante generaciones ese poder estuvo custodiado por dos grandes caciques de un mismo linaje.

Adolfo y Alberto Rodríguez Saá.

Eran hermanos.

Eran caciques.

Y durante muchos inviernos fueron prácticamente todo.

El primero en empuñar el bastón fue Adolfo.

Los ancianos Saaístas todavía cuentan sus hazañas alrededor del fuego. Dicen que hizo caminos, levantó viviendas y consiguió llenar los graneros cuando otras tribus apenas podían alimentarse.

Gobernó tantos inviernos que los niños crecieron creyendo que “cacique” y “Adolfo” significaban prácticamente lo mismo.

Después llegó Alberto.

Tenía otra manera de conducir.

Le gustaban las grandes ceremonias, los discursos extensos y las obras capaces de impresionar a quienes llegaban desde tierras lejanas.

Así pasaron los años.

Y después, más años.

Y después algunos más.

Los niños Saaístas se hicieron hombres.

Los hombres se hicieron ancianos.

Los ancianos murieron.

Nacieron otros niños.

Los caciques seguían ahí.

Entre los Saaístas existía, de hecho, una curiosa manera de medir el paso del tiempo.

No hablaban de años.

Hablaban de caciques.

—¿Cuándo nació tu hijo?

—Durante Adolfo.

—¿Cuándo construiste tu choza?

—Durante Alberto.

—¿Y cuándo cambiará todo esto?

Ante esa última pregunta generalmente se terminaba la conversación.

Con los años, alrededor de los caciques apareció una enorme corte.

Estaban los consejeros.

Los jefes de las aldeas.

Los guardianes del Palacio.

Los escribas.

Los sacerdotes.

Los guerreros.

Y también estaban aquellos hombres extraordinarios que parecían no tener ninguna función conocida pero siempre conseguían sentarse cerca del fuego.

La supervivencia dentro de la tribu requería una habilidad particular.

Había que saber interpretar al cacique.

Si el cacique estaba contento, todos estaban contentos.

Si el cacique estaba enojado, convenía descubrir rápidamente con quién.

Y si el cacique cambiaba de opinión, los consejeros tenían la extraordinaria capacidad de recordar que, en realidad, ellos siempre habían pensado exactamente lo mismo.

Los Saaístas llamaban a aquello lealtad.

Las tribus vecinas utilizaban otras palabras.

Con el paso de los inviernos, algo comenzó a cambiar.

Los caciques habían gobernado durante tanto tiempo que algunos miembros de la tribu empezaron a olvidar un pequeño detalle:

el territorio no era de los caciques.

Tampoco el Palacio.

Ni los caminos.

Ni los graneros.

Ni las tierras.

Todo aquello pertenecía al pueblo.

Pero después de tantos años resultaba fácil confundirse.

Los retratos de los caciques estaban por todas partes.

Sus nombres eran pronunciados en cada ceremonia.

Sus guerreros ocupaban los principales puestos.

Sus consejeros recorrían las aldeas llevando órdenes.

Y generación tras generación, los Saaístas fueron desarrollando una certeza difícil de arrancar:

ellos no administraban el territorio.

En algún rincón profundo de su cultura habían comenzado a creer que el territorio les pertenecía.

Pero ninguna dinastía teme tanto a sus enemigos como a sus herederos.

Y un día los dos grandes caciques comenzaron a pelear.

Nadie recuerda exactamente por qué.

Los escribas llenaron piedras enteras intentando explicarlo.

Unos hablaron de traiciones.

Otros de sucesiones.

Algunos aseguraron que todo comenzó porque en aquellas tierras había lugar para muchas tribus, pero aparentemente no había lugar para dos Rodríguez Saá.

La ruptura fue feroz.

La tribu se partió.

De un lado quedaron los guerreros de Adolfo.

Del otro, los de Alberto.

Los consejeros entraron en pánico.

Durante décadas habían aprendido a obedecer a los Rodríguez Saá.

Nadie les había explicado qué hacer cuando los Rodríguez Saá daban órdenes diferentes.

Comenzó entonces una de las migraciones más extraordinarias conocidas en las tierras puntanas.

Guerreros que habían jurado fidelidad eterna a Alberto aparecieron una mañana en el campamento de Adolfo.

Otros hicieron el camino inverso.

Hubo quienes cambiaron tantas veces de fogón que finalmente dejaron sus pertenencias a mitad del camino para ahorrar tiempo.

Los caciques se acusaron.

Los escribas escribieron.

Los sacerdotes interpretaron señales.

Y mientras todos discutían quién era el verdadero heredero del Saaísmo, nadie advirtió que afuera del campamento había otras tribus esperando.

Hasta que llegó el día de la gran batalla.

Alberto reunió a sus hombres para conservar el Palacio.

Pero Adolfo tomó una decisión que los ancianos jamás imaginaron.

Se unió al ejército que marchaba contra su propio hermano.

Los tambores sonaron durante toda la jornada.

Los guerreros avanzaron.

Los jefes de las aldeas eligieron bando.

Y cuando finalmente cayó el sol sobre las sierras puntanas, ocurrió lo impensado.

Alberto había perdido.

Adolfo había ganado.

Pero había un problema.

El nuevo Gran Cacique no era Adolfo.

Por primera vez después de incontables inviernos, ninguno de los hermanos tenía el bastón.

Uno había perdido el Palacio.

El otro había ayudado a quitárselo.

Y los dos terminaron afuera.

Aquella noche, según cuentan los ancianos, hubo un silencio extraño en los campamentos Saaístas.

Algunos guerreros no sabían qué hacer.

Los consejeros miraban hacia el Palacio esperando una orden que ya no llegaría.

Los sacerdotes consultaron las estrellas.

Los escribas revisaron antiguas piedras.

Había ocurrido algo para lo cual la tribu no tenía palabras.

San Luis seguía existiendo sin ellos.

Pasaron las lunas.

Los caminos siguieron teniendo viajeros.

El sol continuó saliendo detrás de las sierras.

Los ríos siguieron bajando.

Las aldeas abrieron sus puertas.

Los comerciantes comerciaron.

Los niños nacieron.

Los ancianos contaron historias.

Y el Palacio permaneció en pie.

Aquello provocó una enorme conmoción entre los Saaístas.

Durante tanto tiempo habían escuchado que sin ellos llegaría el caos que algunos comenzaron a preguntarse cómo era posible que el territorio siguiera allí.

Se reunió entonces el Consejo de Ancianos.

Debatieron durante días y noches.

Buscaron respuestas en las piedras.

Consultaron a los sacerdotes.

Finalmente llegaron a una explicación que tranquilizó a todos.

Ellos no habían perdido el territorio.

El territorio se había equivocado.

Los desterrados comienzan a regresar

Pero los Saaístas conocían una verdad que otras tribus habían aprendido demasiado tarde:

un cacique puede perder el Palacio sin perder las ganas de volver.

Primero regresaron algunos guerreros.

Después aparecieron viejos consejeros.

Los jefes de las aldeas comenzaron nuevamente a enviar emisarios.

Se desempolvaron los estandartes.

Volvieron las historias sobre las antiguas victorias.

—Con nosotros había más —decían unos.

—Con nosotros se construía —recordaban otros.

—Con nosotros el territorio era respetado —juraban los ancianos.

Y alrededor del fuego reapareció la frase más sagrada de toda la cultura Saaísta:

“Cuando nosotros gobernábamos…”

Era una frase extraordinaria.

Servía para explicar el pasado.

Servía para cuestionar el presente.

Servía para prometer el futuro.

El único inconveniente era que siempre hablaba de ayer.

Una noche, los sacerdotes observaron las estrellas y encontraron una señal.

Cuatro números aparecieron dibujados en el cielo:

2027.

Los tambores comenzaron nuevamente a sonar.

Adolfo tomó su viejo bastón.

Alberto reunió a sus guerreros.

Los dos miraron hacia el Gran Palacio.

Nadie sabía si marcharían juntos.

Nadie sabía si volverían a enfrentarse.

Los Saaístas habían aprendido que intentar predecir una reconciliación entre los dos hermanos era una de las maneras más rápidas de quedar en ridículo frente a la tribu.

Pero algo estaba claro.

Los dos viejos caciques seguían mirando hacia el mismo lugar.

El Palacio.

Había, sin embargo, algo que preocupaba al Consejo de Ancianos.

Durante décadas la tribu había producido guerreros, consejeros, sacerdotes, escribas y jefes de aldeas.

Había producido de todo.

Menos una cosa.

Un nuevo cacique.

Después de tantos inviernos, cuando los Saaístas necesitaban imaginar quién podía conducirlos, seguían pronunciando los mismos nombres.

Adolfo.

Alberto.

Los hombres que alguna vez fueron la renovación se habían convertido en ancianos.

Los jóvenes guerreros esperaban.

Los posibles herederos esperaban.

Todos esperaban.

Porque en la tribu Saaísta existía una regla que jamás había sido escrita sobre piedra, aunque todos parecían conocerla:

para que naciera un nuevo cacique, primero los viejos debían aceptar que habían dejado de serlo.

Y aquello todavía no había ocurrido.

Los dos hermanos habían vencido a muchos adversarios.

Habían sobrevivido rebeliones.

Habían derrotado tribus.

Habían atravesado crisis.

Habían ganado batallas que parecían perdidas.

Incluso habían sobrevivido políticamente el uno al otro.

Pero ahora enfrentaban algo diferente.

Un enemigo que no podía ser desterrado.

No podía ser comprado.

No podía cambiar de campamento.

No podía ser nombrado consejero.

No podía ser convencido con discursos.

Y, sobre todo, no obedecía a ningún cacique.

El tiempo.

Los Saaístas podían volver a levantar sus estandartes.

Podían reunir a los antiguos guerreros.

Podían recorrer las aldeas contando las glorias del pasado.

Podían prometer que los buenos tiempos regresarían apenas recuperaran el bastón.

Pero había una pregunta que ningún sacerdote conseguía responder mirando las estrellas.

¿Cómo podían presentarse como el futuro quienes necesitaban hablar permanentemente del pasado para explicar por qué debían volver?

Cuenta la leyenda que, lejos del Gran Palacio, en una caverna olvidada de las sierras puntanas, existe una enorme piedra que ningún cacique consiguió destruir.

Nadie sabe quién escribió sobre ella.

Algunos dicen que fue un guerrero desterrado.

Otros aseguran que fue un antiguo escriba que prefirió permanecer anónimo.

Los más supersticiosos creen que la frase estuvo allí desde antes de que existieran los Saaístas.

Los hermanos nunca consiguieron averiguarlo.

Sobre la piedra hay apenas unas palabras:

“Ningún territorio pertenece a sus caciques.”

Debajo, alguien agregó muchos inviernos después:

“Son los caciques quienes pertenecen a su tiempo.”

Adolfo y Alberto vuelven a escuchar los tambores.

Los viejos guerreros empiezan a reunirse.

El Gran Palacio aparece otra vez en el horizonte.

Los Saaístas creen que se aproxima una nueva batalla.

Quizás tengan razón.

Pero antes de marchar tendrán que resolver el dilema que persigue a todas las dinastías cuando llevan demasiado tiempo contando sus propias leyendas:

creer que fueron indispensables en el pasado no significa que sigan siendo necesarios para el futuro.

Te puede interesar