2026-08-01

Memoria selectiva

Adolfo asegura que normalizó el país en cuatro días como presidente aunque renunció al séptimo

El exmandatario reconstruyó su fugaz paso por la Casa Rosada como una epopeya capaz de apagar las cacerolas y devolverle el orden a la Argentina. Sin embargo, los archivos de aquellos días muestran otra escena marcada por nuevas protestas, funcionarios cuestionados, aislamiento político y una renuncia exactamente una semana después de asumir.

 

Hay recuerdos políticos que con el paso de los años se vuelven más nítidos. Y hay otros que se van acomodando hasta quedar demasiado cómodos para quien los cuenta.

Adolfo Rodríguez Saá acaba de ofrecer su propia versión de la crisis de 2001. Según su relato, recibió un país devastado, pronunció un discurso esperanzador, apagó las cacerolas de Buenos Aires y, después de apenas “cuatro o cinco días de trabajo y seriedad”, consiguió normalizar la Argentina.

Sí, cuatro o cinco días.

“Cuando el país se normalizó en cuatro o cinco días de trabajo y de seriedad, ya todos eran vivos de nuevo”, aseguró el exgobernador de San Luis al recordar su llegada a la Presidencia.

La frase no pasó inadvertida.

Porque una cosa es reivindicar las decisiones tomadas durante una semana caótica. Otra bastante distinta es afirmar, más de dos décadas después, que uno de los mayores colapsos económicos, sociales, políticos e institucionales de la historia argentina quedó resuelto en menos tiempo del que dura un fin de semana largo.

La memoria de Adolfo parece haber transformado aquellos siete días en una epopeya.

El archivo, sin embargo, cuenta otra historia.

Rodríguez Saá fue designado por la Asamblea Legislativa y asumió la Presidencia el 23 de diciembre de 2001. Presentó su renuncia el 30 de diciembre. Su mandato completo duró exactamente una semana. La propia Casa Rosada registra como principales decisiones de aquella gestión el anuncio de la suspensión de pagos de la deuda externa privada y el proyecto de poner en circulación una nueva moneda denominada “Argentino”.

No hubo tiempo para implementar una transformación estructural.

Ni siquiera llegó a circular aquella moneda que había sido anunciada como parte de la salida económica. El “Argentino” quedó reducido a un proyecto y el país continuó atrapado en el corralito, la recesión, la falta de confianza y una crisis de representación que no se resolvía con discursos ni bocinazos.

Adolfo recuerda que, después de asumir, recorrió las calles de Buenos Aires mientras los automovilistas tocaban bocina y lo saludaban.

Puede haber ocurrido.

En medio del derrumbe, una parte de la sociedad pudo haber recibido con esperanza la llegada de un nuevo presidente. También es cierto que el anuncio de la cesación de pagos fue celebrado por buena parte de la Asamblea Legislativa.

Pero una bocina no es un indicador económico.

Y una ovación en el Congreso tampoco equivale a la normalización de un país.

La supuesta calma duró poco. En la noche del 28 y durante la madrugada del 29 de diciembre, miles de personas volvieron a salir a las calles con sus cacerolas. Reclamaban el final del corralito, cuestionaban la integración del nuevo Gobierno y exigían la salida de figuras asociadas con la vieja política. La protesta se extendió por distintos barrios porteños y llegó nuevamente hasta la Plaza de Mayo.

Es decir que, mientras ahora Adolfo asegura que había conseguido apagar las cacerolas, cinco días después de su asunción las cacerolas estaban nuevamente en la calle.

Y no precisamente para agradecerle.

El ruido de aquella protesta provocó además la salida de Carlos Grosso, a quien Rodríguez Saá había ubicado como jefe de asesores de la Jefatura de Gabinete. El Gobierno también perdió al titular del Banco Nación, David Expósito, en medio de declaraciones contradictorias sobre la nueva moneda que se pretendía crear. Los anuncios se acumulaban, el gabinete empezaba a desarmarse y la improvisación ganaba terreno.

La Argentina que Adolfo dice haber normalizado no solamente seguía protestando.

Su propio Gobierno comenzaba a desmoronarse.

El desenlace llegó el 30 de diciembre. Rodríguez Saá convocó a los gobernadores peronistas a una reunión en Chapadmalal para intentar recomponer su respaldo político. De los 14 mandatarios convocados asistieron apenas cinco. Allí comprendió que se había quedado prácticamente solo y decidió regresar a San Luis para anunciar su renuncia.

El país supuestamente normalizado volvía a quedarse sin presidente.

No habían pasado meses.

Habían pasado siete días.

En su mensaje de despedida, Rodríguez Saá atribuyó su caída a la falta de respaldo de varios gobernadores del justicialismo y denunció internas partidarias. No habló de una Argentina ordenada que ya no necesitara de su conducción. Explicó, por el contrario, que se iba porque había perdido el sustento político necesario para permanecer en el cargo.

Por eso, la nueva interpretación del exmandatario no resiste una simple revisión del calendario.

Si el país estaba normalizado al cuarto o quinto día, ¿por qué al quinto día volvió el cacerolazo?

Si la sociedad había recuperado la esperanza, ¿por qué su gabinete comenzó a presentar renuncias?

Si la crisis estaba superada, ¿por qué la mayoría de los gobernadores de su propio partido le retiró el apoyo?

Y si la Argentina ya estaba encaminada, ¿por qué abandonó la Presidencia apenas una semana después de asumir?

Adolfo puede reivindicar la declaración del default. Puede sostener que intentó generar esperanza en el peor momento. Puede recordar los aplausos del Congreso, los saludos en las calles y las bocinas de aquella mañana.

Lo que resulta bastante más difícil es afirmar que normalizó el país en cuatro o cinco días.

No porque lo diga un adversario político.

Porque lo desmienten los hechos.

La crisis continuó, el corralito siguió vigente, las protestas regresaron, el Gobierno perdió respaldo y la Argentina volvió a cambiar de presidente. Aquella etapa quedaría en la historia como parte de la vertiginosa sucesión de cinco mandatarios en apenas once días.

Más que una reconstrucción histórica, el relato parece una versión personal cuidadosamente editada. Una en la que Adolfo llega, habla, devuelve la esperanza, ordena el país y luego es desplazado por quienes volvieron a hacerse “los vivos”.

Una película épica de siete días.

El problema es que el archivo conserva las escenas que quedaron afuera del montaje.

Puede haber existido esperanza durante algunas horas. Puede haber habido bocinazos y saludos. Pero la Argentina no se normalizó en cuatro días.

Al quinto volvieron las cacerolas.

Y al séptimo, Adolfo Rodríguez Saá ya no era presidente.

 

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