Análisis político
La inflación bajó y Milei se quedó sin coartada
Hasta ahora, casi todo podía explicarse por la inflación.
La caída del consumo, el deterioro salarial, la pérdida de empleo, el malestar social y las dificultades de las empresas formaban parte de un mismo sacrificio: había que atravesar el desierto para estabilizar la economía. El Gobierno pedía paciencia y ofrecía una promesa. Primero, terminar con la inflación. Después, crecer.
El primer objetivo empieza a cumplirse. El segundo todavía no aparece con la misma claridad.
Esa diferencia inaugura una etapa más incómoda para el oficialismo. Mientras los precios subieron en junio menos del 2%, el salario real cayó en mayo y el empleo formal perdió otros 28.000 puestos en abril. Desde el comienzo de la gestión desaparecieron más de 235.000 empleos privados registrados.
La Argentina empieza a convivir con una novedad: la inflación baja, pero el alivio no llega.
La estabilización puede ser celebrada por los mercados, reconocida por los economistas y defendida por el Gobierno. Sin embargo, la política no se procesa solamente en las planillas. Se procesa en el salario, en el trabajo, en el crédito, en las ventas de los comercios y en la posibilidad de llegar a fin de mes sin convertir cada gasto en una deliberación familiar.
El problema para Milei es que su éxito económico modifica también las expectativas sociales. Una inflación mensual del 1,9% deja de ser una explicación para transformarse en una exigencia. Si los precios empiezan a estabilizarse, la pregunta deja de ser cuándo bajará la inflación y pasa a ser cuándo mejorará la vida.
La oposición encontró allí una oportunidad. El llamado “serrucho salarial” describe una economía en la que los ingresos suben y bajan sin consolidar una recuperación. Es una imagen más eficaz que muchas de las abstracciones con las que el peronismo intentó discutir hasta ahora el programa económico.
Axel Kicillof comprendió esa modificación del terreno. Mientras Milei habla de equilibrio fiscal, autonomía del Banco Central y expansión futura, el gobernador bonaerense busca concentrarse en el crédito productivo, las deudas de las pymes, los salarios públicos y la parálisis de las obras de infraestructura.
La discusión que se prepara no será entre inflación y emisión, como ocurrió durante la primera etapa del Gobierno. Será entre estabilidad y bienestar.
Milei también parece advertir que el ciclo cambió. La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central es una señal de esa transición. El presidente que llegó a la política prometiendo dinamitar la institución ahora pretende otorgarle mayor autonomía, restringir sus funciones y blindarla frente al financiamiento del Tesoro.
No es una contradicción menor. Pero tampoco es inexplicable.
La política suele obligar a los líderes a fortalecer aquello que prometieron destruir. El revolucionario se transforma en administrador y la motosierra termina necesitando escribanos, reglamentos y mayorías parlamentarias.
Diego Santilli, desde la Jefatura de Gabinete, quedó en el centro de ese nuevo dispositivo. El traspaso de ARSAT, ENaCom, Correo Argentino y la Agencia de Acceso a la Información a su órbita no es una mera reorganización administrativa. Expresa un desplazamiento de poder dentro del oficialismo.
Karina Milei avanza sobre espacios vinculados a Santiago Caputo y empieza a estructurar un gobierno más vertical, más electoral y también más desconfiado.
La disputa con Victoria Villarruel pertenece a la misma lógica. Ya no se trata de una diferencia personal o de una colección de desplantes. El conflicto adquirió una dimensión institucional. Cada saludo evitado, cada acto compartido y cada crítica pública funciona como una prueba de lealtad.
En el universo libertario, hasta la cortesía se convirtió en una operación política.
El Gobierno necesita cohesión porque se prepara para una etapa legislativa ambiciosa. La reforma del Banco Central, la discusión sobre las PASO, los pliegos judiciales y las negociaciones con los gobernadores requieren algo que Milei siempre consideró secundario: construir mayorías.
El Presidente se siente cómodo explicando teoría monetaria. Mucho menos cómodo debería sentirse contando votos en el Senado.
La baja de la inflación fortalece al Gobierno, pero al mismo tiempo lo expone. Le permite exhibir un resultado que ninguna administración reciente pudo conseguir. Pero también le quita el argumento con el que justificó buena parte del deterioro económico y social.
Milei ganó una batalla decisiva.
El problema es que, a partir de ahora, ya no podrá explicar todos los costos con la guerra anterior.