Telecomunicaciones
San Luis apagó su última central telefónica y se volvió a sentir la emoción de aquellos años
A las 11:30 del jueves 16 de abril, en un edificio cargado de historia sobre la calle Colón 951, en la ciudad de San Luis, se apagó la última central de telefonía básica que seguía en funcionamiento en la provincia. El gesto fue simple, casi silencioso: desconectar un equipo. Pero lo que terminó en ese instante fue mucho más grande que una máquina. Con ese apagado se cerró una era entera de las comunicaciones puntanas, la de los cables de cobre, el tono en la línea, el disco primero y el teclado después, las voces que viajaban por un hilo invisible y la emoción intacta de escuchar a alguien del otro lado en tiempo real.
No fue solamente el final de una tecnología. Fue también la despedida de una forma de vivir la comunicación. Durante décadas, el teléfono fijo fue mucho más que un aparato apoyado en una mesa del comedor. Fue noticia esperada, llamada de urgencia, saludo de cumpleaños, aviso familiar, charla de novios a la noche y puente entre distancias que parecían enormes. Hubo un tiempo en que levantar el tubo y oír el tono tenía algo de certeza y de asombro al mismo tiempo.
Desde ahora, los pocos aparatos de servicio fijo que aún quedaban en algunas viviendas serán abastecidos por fibra óptica. El cobre quedó atrás. Y con él, una página fundamental de la historia de las telecomunicaciones en San Luis, construida durante años con oficio, compromiso y una enorme capacidad de adaptación de sus trabajadores.
Buena parte de esa historia fue sostenida por empleados que vienen desde los tiempos en que la empresa todavía era Entel, la firma estatal que marcó una época en la Argentina. Hombres y mujeres que aprendieron el lenguaje de las centrales, de los tableros, de los cables, de los ruidos mínimos que advertían una falla, de las piezas difíciles de conseguir y de ese conocimiento que no siempre figura en los manuales, pero que sostiene sistemas enteros.
La central que dejó de funcionar la semana pasada operó durante más de 30 años. Fue, según recordó Jacinto García, secretario general del sindicato de Telefónicos, “fundamental para mantener a la provincia conectada”. Y esa definición no es exagerada. Durante décadas, desde esa tecnología se sostuvo una parte esencial de la vida cotidiana de San Luis.
“Todos los cambios que se vivieron en los últimos años fueron muy bruscos y los empleados nos tuvimos que adaptar a las modernizaciones de las telecomunicaciones, a lo que necesita la gente para tener una buena calidad. Actualmente el usuario es más exigente, cada vez quiere mejor servicio”, señaló García, al poner en palabras el desafío que significó atravesar el vértigo de la transformación tecnológica sin perder la calidad del servicio.
Pero detrás de la modernización hay también una historia de trabajo que merece ser contada. Porque antes de esta última central de cobre, en el edificio de Colón funcionaba una central electromecánica Siemens, que podía abastecer a un máximo de seis mil abonados, en su mayoría dentro de las cuatro avenidas. Era un tiempo en el que la demanda de líneas telefónicas crecía y la espera por tener teléfono en casa podía volverse eterna. “No podíamos cumplir la demanda porque la central estaba saturada”, recordó García.
Luego llegó la tecnología EWSD y con ella una ampliación clave del servicio. La nueva central no solo permitió crecer, sino también acompañar nuevas formas de comunicación en una sociedad cada vez más conectada. Pero mantenerla en pie no fue sencillo. La falta de repuestos obligó a los técnicos a hacer, muchas veces, verdaderas proezas para sostener el funcionamiento.
Ahí aparece uno de los costados más nobles de esta historia: el del saber hacer. El de los trabajadores que conocían la máquina casi de memoria y lograban, con paciencia, experiencia y oficio, que todo siguiera funcionando. “Tuvimos inspecciones a nivel nacional, auditorías de la empresa y la gente que venía se quedaba admirada por el funcionamiento que tenía la central, fundamentalmente por el mantenimiento, que era prácticamente a mano, con personal muy calificado, que conocía muy bien a la máquina”, rememoró Jacinto, que lleva 44 años de servicio en la telefonía.
Ese recuerdo explica la mezcla de emociones que hoy atraviesa a los telefónicos. Porque si bien nadie discute el avance tecnológico ni la necesidad de mejorar los servicios, hay algo que se apaga con estas despedidas: el vínculo afectivo con una tarea, con una época y con una forma de trabajar. La nostalgia no nace del rechazo al futuro, sino del reconocimiento de todo lo que hubo antes.
Hubo una San Luis que creció unida por esos cables. Hubo familias enteras que vivieron gracias a esa estructura, técnicos que hicieron carrera, empleados que dejaron décadas enteras entre centrales, reparaciones, guardias y madrugadas. Hubo también una sociedad que encontró en el teléfono fijo una herramienta esencial para la vida diaria, en una época en la que cada llamada tenía peso, sentido y hasta ceremonia.
Hoy el mundo va hacia una etapa completamente móvil, más veloz, más dinámica y en constante evolución. Pero no por eso deja de conmover el final de lo anterior. Porque en esa central que se apagó no había solo tecnología vieja: había memoria, trabajo y una parte de la identidad de las comunicaciones en la provincia.
En el gremio lo viven así, con respeto, orgullo y también con añoranza. Saben que el futuro exige adaptación y que la tecnología cambia sin pedir permiso. Pero también saben que hubo una generación entera que sostuvo el servicio con las manos, la cabeza y el corazón. Y eso, aunque no tenga ya cables de cobre ni tono de línea, sigue formando parte de la historia grande de San Luis.
“Más allá de la tecnología, lo que nunca se apaga es nuestra vocación de ser telefónicos”, resumió García.
Tal vez ahí esté la mejor síntesis de este cierre. Porque el jueves no solo se apagó una central. También se encendió, por un instante, la memoria de todo lo que significó. De una época en la que comunicarse requería infraestructura, oficio y paciencia. De una época en la que una voz llegando clara desde el otro lado podía emocionar. De una época en la que, antes de la inmediatez total, el teléfono también era espera, sorpresa y cercanía.
Y esas cosas, aunque cambien los aparatos, no se olvidan.