Salud pública

Argentina lleva diez años sin reducir las muertes por infarto dentro de los hospitales

Un registro nacional sobre 7.690 pacientes atendidos en 209 instituciones reveló que la mortalidad intrahospitalaria se mantuvo en 8,6% entre 2015 y 2024. Los especialistas advierten que las demoras para consultar y acceder al tratamiento siguen siendo determinantes.

Argentina no logró reducir en una década la mortalidad hospitalaria de los pacientes que sufren un infarto agudo de miocardio con elevación del segmento ST, una de las formas más graves de esta enfermedad. El dato surge del registro nacional ARGEN-IAM-ST, que analizó 7.690 casos atendidos en 209 instituciones entre 2015 y 2024.

El estudio, publicado en la Revista Argentina de Cardiología, encontró una mortalidad intrahospitalaria del 8,6%, sin diferencias estadísticamente significativas entre los distintos años analizados. El resultado se mantuvo estable pese a que en ocho de los diez años más del 90% de los pacientes recibió alguna estrategia de reperfusión para restablecer el flujo sanguíneo.

El hallazgo expone una paradoja: los tratamientos y procedimientos para atender un infarto están disponibles, pero el acceso a ellos continúa llegando tarde en una proporción importante de los casos.

En un infarto, cada minuto cuenta. Cuando una arteria coronaria se obstruye, el músculo cardíaco deja de recibir sangre y oxígeno y el daño aumenta a medida que pasa el tiempo. Por eso, los especialistas insisten en que el pronóstico depende en buena medida de la rapidez con la que el paciente recibe atención y se restablece el flujo sanguíneo.

El registro mostró que la mediana entre el comienzo de los síntomas y la primera consulta fue de 120 minutos. Es decir, la mitad de los pacientes tardó dos horas o más en llegar a un centro de salud.

A eso se suman las demoras dentro del propio sistema sanitario. El tiempo entre el ingreso y la administración de un tratamiento fibrinolítico tuvo una mediana de 55 minutos, mientras que para una angioplastia fue de 79 minutos. Ninguno de esos indicadores mostró una mejora significativa durante los diez años estudiados.

La situación se vuelve todavía más compleja cuando el paciente debe ser trasladado. Según el análisis, el 44,8% de los casos llegó al centro donde recibió el tratamiento desde otra institución. Esos traslados agregaron más de tres horas hasta la reperfusión y llevaron el tiempo total de isquemia a alrededor de seis horas, frente a unas tres horas en quienes pudieron ser tratados en el primer establecimiento.

Un problema que va más allá de la tecnología

El estudio plantea que disponer de angioplastias, medicamentos y otros avances médicos no alcanza si el sistema no consigue utilizarlos dentro del tiempo adecuado.

Entre las dificultades aparecen la consulta tardía de los pacientes, las demoras en las derivaciones y la falta de una estrategia coordinada para garantizar que quienes llegan a centros sin capacidad para realizar una intervención sean trasladados rápidamente a establecimientos especializados.

Los especialistas también señalan la necesidad de mejorar la información de la población para reconocer los síntomas y pedir asistencia cuanto antes. Dolor o presión intensa en el pecho, falta de aire, sudoración fría, náuseas o un malestar repentino pueden ser señales de alarma que requieren atención inmediata.

El desafío, de acuerdo con los investigadores, ya no pasa solamente por incorporar nuevas herramientas médicas, sino por reducir los tiempos en cada etapa de la atención. Después de diez años sin una disminución significativa de la mortalidad hospitalaria, el registro vuelve a poner el foco en una premisa básica de la cardiología: frente a un infarto, el tiempo también es parte del tratamiento.

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