Salud
El uso excesivo del celular en menores enciende alertas y obliga a poner límites
La escena se repite en casas, plazas y salas de espera: niños cada vez más chicos con un celular en la mano, absortos en videos, juegos o redes. En una época atravesada por la digitalidad, el debate ya no pasa por negar la tecnología, sino por cómo se usa y cuánto se permite. Dos especialistas en psicología infantil, Cynthya Terán y Laura Ortiz, advirtieron sobre las consecuencias del consumo excesivo de pantallas y trazaron pautas para reducirlo sin caer en prohibiciones abruptas.
“Su existencia no es mala, pero el exceso de su consumo sí lo es”, sostuvo Terán. En esa línea, remarcó que el foco debe estar en la regulación: bajar el tiempo de exposición, priorizar la calidad de lo que se mira y acompañar el proceso con supervisión adulta. Ortiz coincidió en un punto clave que suele incomodar: el límite no se sostiene si el adulto no da el ejemplo. “No le podemos exigir a un niño que pase menos tiempo frente a las pantallas si yo, adulto, estoy todo el día pegado a una”, advirtió.
Las recomendaciones, según explicaron, varían por edad. En menores de hasta dos años, la sugerencia es “pantallas cero”. Entre los dos y los cinco, el uso debería ser mínimo —alrededor de una hora— y siempre con control de contenido y presencia de un adulto. A partir de los seis, el acceso puede ampliarse, pero con descansos, horarios definidos y alternancia con otras actividades.
Conductas y síntomas que se repiten
Las profesionales señalaron que en la consulta clínica aparecen patrones comunes: irritabilidad, impulsividad, ansiedad, enojo y frustración, especialmente cuando se intenta retirar el dispositivo. También describieron alteraciones del sueño, estados depresivos, dificultades de concentración, memoria y atención, además de problemas en el lenguaje, la comunicación y el aprendizaje.
Ortiz aportó una explicación que ayuda a entender por qué cuesta tanto “cortar”: los dispositivos combinan estímulos constantes de sonido, luz y movimiento, elementos a los que el cerebro responde de manera automática. “La exposición a estímulos rápidos y cambiantes influye muchísimo en la capacidad de atención cuando se trata de tareas menos estimulantes como leer o escribir”, señaló.
Pantallas como reemplazo del cuidado
Otro aspecto que ambas pusieron sobre la mesa es el uso del celular como “solución” en medio de la rutina familiar. Sin demonizar a madres y padres, advirtieron que, por cansancio, trabajo o tareas domésticas, muchas veces se recurre a la pantalla para mantener a los chicos entretenidos. El riesgo, según Terán, es doble: por un lado, el tiempo prolongado; por otro, la falta de supervisión del contenido. Allí ubicó un punto sensible: la exposición a materiales con violencia y su posible correlato en conductas de maltrato, agresividad o situaciones de bullying.
Cómo revertirlo sin una guerra diaria
Las especialistas recomendaron evitar decisiones drásticas de un día para el otro. Sugieren un plan paulatino: establecer horarios, anticipar los cambios, reducir gradualmente y ofrecer alternativas concretas. Entre las propuestas: deportes, juegos al aire libre, juegos de mesa, rompecabezas, lectura en papel, actividades artísticas como pintura o modelado y tareas compartidas en el hogar.
También remarcaron una medida práctica: cuando se propone una actividad sin pantallas, el celular debe quedar fuera del alcance. La sola presencia del dispositivo —por sonidos o luces— puede interrumpir el foco y reinstalar la dependencia.
Terán insistió en la importancia de sumar a los chicos a acciones cotidianas con una lógica de acompañamiento y juego: cocinar, regar plantas, ordenar, colaborar. “No se trata de exigir, sino de invitarlos”, explicó. Y Ortiz agregó una idea que suele ser decisiva en familias con poco tiempo: “Importa mucho la calidad del tiempo y no la cantidad”.
Cuándo consultar a un profesional
Las consultas por “adicción al celular o a los videojuegos”, según Terán, crecieron de forma sostenida. Lo atribuyó a la satisfacción inmediata que generan los estímulos audiovisuales de alta frecuencia, que vuelven “aburrido” cualquier otro plan.
Las señales de alerta, advirtió, suelen aparecer primero en la escuela: falta de atención, baja motivación, dificultades para sostener tareas y tolerancia cada vez menor a la frustración. Si el límite dispara berrinches intensos, gritos o insultos, puede ser momento de pedir ayuda.
Las dos profesionales coincidieron en el cierre: el problema rara vez es solo del menor. Para que el cambio sea real, debe involucrar a toda la familia. Poner límites, sostenerlos y reemplazar pantallas por presencia es un desafío cotidiano, pero también una decisión de salud y crianza que empieza por quienes están a cargo.