2026-04-22

La minería en San Luis y una discusión marcada por el miedo y la desconfianza

Entre el rechazo en redes y una realidad que atraviesa la vida cotidiana, San Luis discute la minería desde el miedo y la desconfianza, pero evita dar el debate de fondo.

 

Hay debates que en San Luis se dan de una manera extraña.

Se discuten a los gritos, se repiten consignas, se reparten miedos, pero casi nunca se dice lo esencial.

Con la minería está pasando exactamente eso.

Basta mirar las redes sociales para ver el clima. Comentarios cargados de rechazo, advertencias apocalípticas, acusaciones de saqueo, temor por el agua, enojo con la política. Todo eso existe. Todo eso está ahí. Y sería absurdo negarlo.

Pero en medio de esa reacción aparece una contradicción demasiado grande como para seguir pasándola por alto.

Decimos no a la minería con un celular en la mano.

Con un teléfono lleno de litio, cobre, aluminio, silicio y otros minerales sin los cuales no existiría. Decimos no a la minería conectados a internet, usando fibra, cables, energía y antenas que tampoco existirían sin minerales. Decimos no a la minería en casas iluminadas, con enchufes, interruptores, electrodomésticos, televisores, computadoras y baterías fabricadas con materiales que salen, precisamente, de la minería.

Y no termina ahí.

También hay minería en los autos, en las motos, en los tractores, en las cosechadoras, en las máquinas que trabajan el campo, en los fertilizantes que ayudan a producir alimentos, en la infraestructura del gas, en las redes eléctricas, en los materiales de construcción, en los hospitales y en la tecnología médica.

Es decir: la minería no es algo lejano. No es un invento de otros. No es una actividad aislada del mundo moderno.

La minería ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Por eso, el debate que muchas veces se plantea en San Luis nace mal. Porque no se trata de minería sí o no. Esa discusión ya la resolvió la realidad hace años. Todos usamos minería. Todos dependemos de ella. Todos, incluso quienes la cuestionan con más dureza.

La verdadera discusión es otra.

Cómo se hace.
Quién la controla.
Qué impacto ambiental tiene.
Qué trabajo genera.
Qué beneficios deja.
Y cuánto de esa riqueza queda de verdad en la provincia.

Ahí está el nudo del problema.

Porque lo que hoy aparece con fuerza en los comentarios no es solo una postura ideológica. Es, sobre todo, una profunda desconfianza. Desconfianza en la política, en las empresas, en los controles y en la promesa de que el desarrollo no termine siendo un negocio para pocos y un costo para todos.

Ese temor no se puede ridiculizar. Existe. Y tiene razones históricas, culturales y emocionales que sería un error despreciar.

Pero tampoco se puede construir una discusión seria desde la negación.

No se puede pretender vivir en el siglo XXI usando todo lo que usamos, aprovechando toda la tecnología de la que dependemos, exigiendo energía, conectividad, producción, transporte y desarrollo, y al mismo tiempo fingir que la minería es una rareza ajena a nosotros.

No lo es.

Y en San Luis, además, la discusión tiene otra dimensión. Porque la provincia no está hablando de una fantasía. Está hablando de recursos concretos, de antecedentes mineros, de zonas con historia productiva y de una oportunidad que vuelve a aparecer en un mundo que hoy demanda minerales estratégicos como nunca antes.

La pregunta, entonces, ya no debería ser si la minería nos gusta o no nos gusta como consigna vacía.

La pregunta debería ser si San Luis quiere seguir mirando pasar una oportunidad mientras consume todos los días los productos que esa misma actividad hace posibles.

O si, de una vez, va a animarse a discutir en serio.

Discutir de verdad no es repetir slogans. No es asustar. No es insultar al que piensa distinto. No es dividir todo entre buenos y malos.

Discutir de verdad es poner sobre la mesa el agua, el ambiente, los controles, la transparencia, el empleo, la inversión, las regalías, la infraestructura y el futuro productivo de la provincia.

Eso es lo que falta.

Porque la minería no es una solución mágica. Nadie serio debería plantearlo así. Pero tampoco es el demonio automático que algunos quieren vender. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su valor depende de cómo se use, quién la controle y para qué proyecto de provincia se la piense.

San Luis necesita dejar de discutir como si todavía viviera afuera del mundo. Porque no vive afuera del mundo. Lo consume entero, todos los días.

Y ese mundo hoy funciona con minería.

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