miércoles 23 de septiembre de 2026

Una reconciliación cargada de cuentas pendientes

El tiro le puede salir por la culata a Alberto y podría terminar arrodillado ante Adolfo

Después de casi ocho años de una guerra que partió al peronismo puntano, los hermanos comenzaron a enviar señales de acercamiento. El 17 de octubre aparece como una fecha capaz de mostrar algún gesto. Pero antes deberán resolver algo bastante más difícil que perdonarse: quién conduce, quién se corre y cuánto están dispuestos a tragarse de todo lo que dijeron durante años.

 

En política hay abrazos que nacen del afecto.

Y hay otros que empiezan a aparecer cuando se acerca una elección.

Alberto y Adolfo Rodríguez Saá llevan casi ocho años enfrentados y ahora parecen descubrir que quizá tengan más razones para acercarse que para continuar disparándose desde veredas opuestas.

Adolfo abrió públicamente la puerta. Dijo que hay que buscar “los puntos que nos unen” y dejar de lado aquello que divide. Dentro del peronismo puntano, el 17 de octubre comenzó a aparecer como una fecha capaz de medir hasta dónde puede avanzar ese acercamiento. Por ahora, no existe una reconciliación formal ni un acuerdo anunciado entre los hermanos.

Una foto puede conseguirse.

Un abrazo también.

Lo realmente difícil será determinar quién queda adelante cuando termine el abrazo.

Porque el problema entre los Rodríguez Saá nunca fue solamente familiar.

Fue el poder.

Y cuando se trata de ellos dos, el poder jamás fue un detalle menor.

Adolfo conserva su espacio, sus dirigentes y su voluntad de volver a ocupar un lugar central en 2027. Alberto retomó la actividad partidaria, volvió a recorrer el territorio y trabaja sobre la reorganización del PJ. Ninguno confirmó todavía una candidatura definitiva, pero ambos participan activamente de una discusión que ya tiene puesta la mirada en la próxima elección provincial.

Los dos se mueven.

Los dos conservan tropa.

Y ninguno construyó más de cuatro décadas de carrera política acostumbrándose a ser segundo.

Ahí está la verdadera interna.

No en saber si pueden volver a sentarse juntos.

Sino en descubrir cuál de los dos acepta sentarse al costado.

El archivo que ningún abrazo puede borrar

La historia que ahora algunos intentan reducir a una pelea familiar fue bastante más áspera.

En 2019, el enfrentamiento por el control del Partido Justicialista llegó hasta la propia sede partidaria. El Congreso del PJ sesionó con custodia policial, dirigentes del adolfismo quedaron fuera de espacios de decisión y, días después, el sector fue desalojado de la sede, donde se cambiaron las cerraduras y se impidió el ingreso de referentes alineados con Adolfo. Después llegó la desafiliación del expresidente junto a más de un centenar de dirigentes. La Justicia Federal terminó validando los congresos partidarios cuestionados por el adolfismo.

No fue una sobremesa familiar que terminó mal.

Se pelearon por el partido como dos adversarios.

Adolfo resumió posteriormente aquel episodio con una frase que todavía pesa sobre cualquier intento de reconciliación.

“Me echó el Alberto con la Policía”.

Alberto siempre sostuvo otra versión: que nadie lo había echado y que su hermano había quedado afuera al competir electoralmente mediante otra estructura.

Dos hermanos.

Dos relatos opuestos sobre la misma ruptura.

Y ahora los dos deberían reconstruir aquello que durante años se acusaron mutuamente de haber destruido.

La política tiene esas vueltas.

Ayer cambiaban cerraduras.

Hoy buscan la llave de la unidad.

El tiro le puede salir por la culata a Alberto

Pero existe una frase mucho más complicada.

Alberto quiso golpear políticamente a su hermano y eligió una palabra especialmente dura.

“Te arrodillaste”.

Lo acusó de haberse acercado a Mauricio Macri, Javier Milei, Victoria Villarruel y Claudio Poggi. También le reprochó haber armado por afuera del peronismo y enfrentado a quienes alguna vez habían sido sus compañeros.

El archivo, sin embargo, tampoco resulta cómodo para Alberto.

Porque quien ahora utiliza las alianzas políticas de Adolfo como argumento tuvo sus propios movimientos cuando las circunstancias cambiaron.

En 2017, durante una actividad política en La Matanza, acompañó el canto “yo no soy gorila, soy soldado de Cristina”, en momentos en que profundizaba su acercamiento a Cristina Fernández de Kirchner.

Meses antes había viajado a Jujuy para pasar la Nochebuena junto a Milagro Sala en el penal de Alto Comedero. Allí la definió como una “presa política” y convirtió aquella visita en una fuerte definición pública frente al gobierno de Mauricio Macri.

En 2019 terminó respaldando abiertamente la fórmula presidencial de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner y luego celebró el triunfo del Frente de Todos en San Luis, convocando a trabajar por una victoria nacional en primera vuelta.

Es decir que, si la discusión consiste en revisar alianzas, cambios de posición y acercamientos políticos, el archivo alcanza para los dos hermanos.

Adolfo tendrá que explicar los suyos.

Alberto también.

Y ahí aquella palabra elegida para humillar a su hermano puede convertirse en una trampa.

Porque si la reconciliación termina colocando a Adolfo al frente de un armado común para 2027, el tiro puede salirle por la culata a Alberto.

Después de llamarlo mentiroso.

Después de responsabilizarlo por abandonar el partido.

Después de reprocharle sus alianzas.

Después de decirle que se había arrodillado.

Alberto tendría que explicar por qué terminó aceptando caminar detrás suyo.

La escena política quedaría servida por sus propias palabras.

El dirigente que acusó a su hermano de arrodillarse tendría que demostrar que él no terminó haciendo aquello mismo que utilizó para desacreditarlo.

Y entonces aparecería la pregunta más incómoda de toda esta reconciliación.

¿Quién terminó arrodillándose ante quién?

Adolfo tampoco tiene una salida sencilla

La encerrona funciona para los dos.

Si fuera Alberto quien impusiera las condiciones de la unidad, Adolfo tendría que regresar al mismo peronismo del que durante años sostuvo que había sido expulsado.

Volvería a compartir espacio con dirigentes que quedaron del otro lado de aquella pelea y debería negociar con el hermano al que responsabilizó por buena parte de la ruptura.

Tampoco sería precisamente una rendición gloriosa.

Si conduce Adolfo, Alberto deberá tragarse buena parte de sus declaraciones recientes.

Si conduce Alberto, Adolfo tendrá que tragarse años de reproches.

Y si ninguno acepta ceder, la reconciliación podría durar exactamente hasta el momento en que alguien coloque sobre la mesa la candidatura a gobernador.

Los generales pueden hacer las paces y dejar un problema abajo

La pelea tampoco involucró solamente a los hermanos.

Durante estos años hubo dirigentes, legisladores, intendentes y militantes que tomaron partido.

Algunos construyeron buena parte de su discurso acusando a Adolfo de haber abandonado al peronismo.

Otros responsabilizaron a Alberto por la fractura del espacio.

Ahora los jefes podrían decidir reconciliarse.

Y los que combatieron durante años tendrán que descubrir qué hacen con todo lo que dijeron.

Esa puede convertirse en una de las consecuencias más incómodas de la unidad.

Porque los generales pueden estrecharse la mano en cinco minutos.

Los soldados después tienen que explicar por qué aquel que hasta ayer era un traidor volvió a convertirse en compañero.

Y existe un problema todavía más terrenal.

Cuando se juntan dos estructuras, no entran todos.

Sobran candidaturas.

Sobran aspiraciones.

Sobran dirigentes que encontraron lugar precisamente porque existían dos espacios enfrentados.

Separados había dos mesas donde negociar.

Juntos habrá una sola.

Y allí comenzará una pelea bastante menos emotiva que la reconciliación familiar.

La pelea por los lugares.

El 17 de octubre puede regalar la foto

El Día de la Lealtad aparece como una fecha alrededor de la cual distintos sectores imaginan algún gesto.

Adolfo ya expresó públicamente su disposición a buscar coincidencias y dentro del PJ existen señales favorables a reconstruir algún tipo de entendimiento. Pero hasta ahora no hay confirmación pública de una reunión entre los hermanos ni de un acuerdo cerrado.

Puede haber foto.

Puede haber abrazo.

Puede haber discursos sobre Perón, la familia, la unidad y la necesidad de dejar las diferencias atrás.

Todo eso cabe perfectamente arriba de un escenario.

El problema empieza cuando se apagan las cámaras.

¿Quién será candidato?

¿Quién tendrá la última palabra?

¿Quién armará las listas?

¿Quién conservará el control partidario?

¿Quién tendrá que pedirle permiso al otro?

Y, sobre todo, ¿quién aceptará pasar de conductor a acompañante?

Ahí termina la liturgia.

Y empieza la verdadera política.

Una tercera figura puede salvar los egos

Existe una salida capaz de evitar que uno tenga que ceder directamente ante el otro.

Que ninguno encabece.

Dentro de las conversaciones peronistas aparece también la posibilidad de construir alrededor de una tercera figura. Entre los nombres mencionados está el diputado nacional Ernesto “Pipi” Alí, aunque por ahora no existe ninguna candidatura definida.

Ese camino tendría una ventaja evidente.

Ninguno de los hermanos perdería frente al otro.

Los dos podrían presentar el paso al costado como un sacrificio por la unidad.

Pero abriría una pregunta quizá todavía más incómoda.

Después de décadas ocupando el centro de todas las decisiones, ¿están realmente preparados Alberto y Adolfo para darle la candidatura principal a otro?

Ahí se mediría algo mucho más profundo que el cariño entre hermanos.

La capacidad de soltar.

La última pelea será por la cabecera

Alberto y Adolfo pueden volver a hablarse.

Pueden dejar atrás agravios.

Pueden concluir que separados tienen menos posibilidades de reconstruir políticamente a su espacio.

Pero sigue pendiente aquello que atravesó buena parte de la ruptura.

El liderazgo.

Los dos acostumbraron durante décadas a sus estructuras a esperar decisiones desde arriba.

Ahora deberían aprender a negociar como iguales.

Y eso puede ser bastante más difícil que reconciliarse como hermanos.

Alberto podrá relativizar lo que dijo sobre Adolfo.

Adolfo podrá perdonar lo ocurrido en el PJ.

Los dirigentes podrán borrar publicaciones viejas y redescubrir de un día para otro que siempre fueron compañeros.

Pero habrá un instante en el que ninguna fotografía alcanzará.

Será cuando alguien coloque la boleta sobre la mesa y haya que escribir el primer nombre.

Ahí se sabrá si hubo reconciliación.

O si solamente firmaron una tregua antes de volver a discutir aquello que nunca pudieron resolver.

Quién manda.

Quién acompaña.

Y quién, después de tantos años señalando las genuflexiones ajenas, termina teniendo que bajar primero la cabeza.