Alberto Rodríguez Saá volvió a cerrar la puerta. Esta vez no solo contra el espacio Todos Unidos, ni solo contra Claudio Poggi o Javier Milei. También, aunque sin nombrarlo de manera directa, contra el fantasma político que lo acompaña desde hace años: Adolfo Rodríguez Saá, su hermano, su rival, su antecedente inevitable y, todavía hoy, la vara histórica que Alberto nunca logró desplazar del todo.
Frente a la locreada convocada para el 24 de mayo en Toro Negro, departamento Belgrano, el presidente del Partido Justicialista de San Luis fue tajante: “No es un encuentro peronista, ni de unidad peronista”. Y luego agregó la frase que terminó de dinamitar cualquier intento de acercamiento: “De ninguna manera vamos a legitimar ni a Poggi ni a Milei”.
La declaración fue presentada como una defensa de la identidad partidaria. Pero en San Luis, donde las internas familiares suelen esconder más que las declaraciones públicas, el mensaje también puede leerse de otro modo: Alberto no quiere una unidad que no controle. Y mucho menos una unidad donde Adolfo pueda aparecer como garante, árbitro o protagonista.
Ese es el nudo político de fondo. El PJ puntano no discute únicamente un locro. Discute quién tiene derecho a ordenar el peronismo después de la derrota, después de la fragmentación y después del final del poder rodriguezsaísta en la Casa de Gobierno.
Alberto dijo que el espacio Todos Unidos “está aliado con Poggi y Milei” y remarcó: “Nosotros no tenemos nada que ver con Poggi y Milei”. También acusó al gobernador de perseguir a sus compañeros mediante la Justicia: “Poggi persigue a nuestros compañeros utilizando a la Justicia para eso y este grupo que plantea la unidad, supuestamente, está entre los que nos persiguen a nosotros”.

La frase apunta a la coyuntura judicial, pero también funciona como una línea divisoria interna. Alberto no solo rechaza al oficialismo. Rechaza a todo peronista que no acepte su marco de interpretación: si no se subordina a su conducción, queda del otro lado.
Y ahí reaparece Adolfo.
Porque el mayor problema de Alberto no es solo Poggi. Tampoco Milei. Su problema histórico fue y sigue siendo el espejo de su hermano. Adolfo gobernó San Luis durante cinco mandatos consecutivos, construyó el sistema original de poder y quedó asociado al nacimiento del modelo político que dominó la provincia desde 1983. Alberto, pese a sus cuatro mandatos, siempre cargó con esa comparación: el heredero que quiso ser fundador.
Por eso cada gesto de reconciliación entre ambos tiene algo de teatro y algo de cálculo. Se muestran cerca, luego se alejan. Se convocan, se desmienten, se necesitan y se rechazan. La historia política de San Luis lleva años atrapada en ese péndulo familiar.
La locreada de Toro Negro volvió a exponerlo. Si el encuentro buscaba mostrar una foto amplia del peronismo, Alberto eligió impugnarla antes de que ocurra. No quiere una postal donde otros sectores puedan disputar la idea de unidad. No quiere un escenario donde Adolfo, directa o indirectamente, vuelva a ocupar el lugar del componedor. No quiere que el peronismo se ordene por fuera de su dedo.
Su planteo fue claro: “¿Qué somos nosotros? ¿Tontos? ¿Qué vamos a hablar de unidad con los que nos persiguen? ¿Vamos a legitimar el gobierno de Poggi y de Milei? De ninguna manera, es un despropósito”.
La pregunta, sin embargo, es otra: ¿unidad o control?
Porque si el peronismo puntano solo puede unirse bajo las condiciones de Alberto, entonces no hay unidad posible. Hay obediencia. Y si cada gesto que no nace de su entorno es leído como traición, persecución o complicidad con el enemigo, el PJ seguirá encerrado en la misma lógica que lo llevó a perder poder territorial, representación y centralidad.
El problema es que Alberto parece seguir hablando desde una provincia que ya no existe. Una provincia donde bastaba una orden para alinear intendentes, legisladores, concejales y dirigentes. Pero ese tiempo pasó. El peronismo se partió, la sociedad cambió y la alternancia llegó.
La pelea con Adolfo, en ese contexto, no es solo familiar. Es generacional, simbólica y política. Es la disputa por quién queda en los libros de historia como el verdadero dueño del ciclo. Adolfo como el fundador. Alberto como el continuador que quiso superar al fundador. Dos hermanos que gobernaron la provincia durante décadas y que, aun fuera del poder, siguen midiendo fuerzas como si San Luis les debiera una última escena.
Mientras tanto, la realidad golpea por otro lado. El PJ busca reconstruirse, pero no logra salir del laberinto Rodríguez Saá. Cada intento de unidad termina contaminado por viejos pases de factura, heridas personales y disputas de ego que poco le dicen a una sociedad preocupada por empleo, seguridad, salud, educación y futuro.
Alberto cerró su mensaje con otra condición: “Primero que se abran, que salgan de ese gobierno y después veremos”.
La frase parece una regla partidaria. Pero también confirma la lógica de fondo: la unidad solo existe si los demás se corren hacia donde él está. No hay mesa horizontal, no hay síntesis, no hay renovación. Hay un jefe que todavía pretende decidir quién es peronista y quién no.
La paradoja es evidente. Alberto acusa a otros de legitimar a Poggi y Milei, pero su propia rigidez termina favoreciendo al oficialismo. Porque mientras el PJ se pelea por locros, fotos, apellidos y viejas lealtades, el gobierno provincial mira cómo la oposición vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer en San Luis: dividirse sola.
Y ahí, tal vez, está la verdadera noticia.
No en la locreada.
No en Toro Negro.
No en la frase contra Milei.
La noticia es que Alberto volvió a demostrar que no está dispuesto a compartir la conducción del peronismo, ni siquiera con su propio hermano.
Y cuando un dirigente confunde unidad con obediencia, el futuro deja de ser proyecto y se convierte apenas en nostalgia de poder.