lunes 21 de septiembre de 2026

Educación

Amenazas escolares y redes sociales, el nuevo riesgo que preocupa en San Luis

Especialistas advierten que las amenazas de tiroteos en escuelas ya no pueden leerse solo como bromas aisladas. La viralización de contenidos violentos, los algoritmos y comunidades digitales como la True Crime Community abren un nuevo desafío para familias, docentes y el Estado.
“True Crime Community”: cómo opera la comunidad digital popular entre los adolescentes que glorifica los tiroteos escolares
“True Crime Community”: cómo opera la comunidad digital popular entre los adolescentes que glorifica los tiroteos escolares

Las amenazas de tiroteos que aparecieron en escuelas de San Luis y de otras provincias encendieron una alarma que excede el ámbito educativo. Lo que en otros tiempos podía ser leído como una “broma” para suspender clases hoy se cruza con un ecosistema digital mucho más complejo, donde adolescentes consumen, comparten y, en algunos casos, recrean contenidos vinculados a masacres escolares.

En la provincia, cerca de 30 instituciones registraron en los últimos días mensajes escritos en baños o paredes con advertencias sobre supuestos ataques. La situación obligó a activar protocolos, reforzar controles, intervenir con equipos de seguridad y generar instancias de contención para estudiantes, docentes y familias.

El fenómeno no apareció de manera aislada. Episodios similares se repitieron en escuelas secundarias de distintos puntos del país y también en Uruguay. La preocupación creció todavía más después del ataque ocurrido el 30 de marzo en Santa Fe, donde un adolescente de 15 años ingresó armado a una escuela y mató a un compañero con una escopeta.

En ese contexto, especialistas advierten que parte de estas conductas se alimentan de subculturas digitales que circulan en redes sociales, foros y grupos cerrados. Una de ellas es conocida como True Crime Community, o TCC, una comunidad virtual centrada en el consumo obsesivo de crímenes reales, asesinos en masa y tiroteos escolares.

“Lo que pasa hoy en las escuelas viene de un ecosistema digital que se llama True Crime Community. Es una comunidad de crimen real activa donde los adolescentes no solamente consumen contenido violento, sino que lo interpretan, lo recrean y, en algunos casos, lo convierten en referencia”, explicó la licenciada en Relaciones Públicas, especialista en inteligencia artificial y conferencista, Belén Ortega.

La TCC funciona como una subcultura donde algunos usuarios comparten información, imágenes, videos, estética y relatos vinculados a ataques de alta repercusión mediática. Entre las figuras más mencionadas aparecen Eric Harris y Dylan Klebold, responsables de la masacre de Columbine en 1999, y Adam Lanza, autor del ataque en la escuela Sandy Hook, en 2012.

Ese recorrido marca un cambio cultural profundo. Durante años, documentales como Bowling for Columbine se proyectaban en las escuelas como una forma de reflexionar sobre los horrores de las masacres, la cultura armamentista y sus consecuencias sociales. Hoy, en cambio, una parte de esos hechos aparece recortada, estetizada y convertida en contenido de consumo rápido dentro de plataformas que premian la atención permanente.

Según advierten organizaciones especializadas en extremismo digital, en estos espacios algunos adolescentes adoptan conductas similares a las de un fandom. Imitan la estética de atacantes, escriben sus nombres en cuadernos, producen contenido inspirado en ellos o decoran sus habitaciones con imágenes vinculadas a esos casos. En los extremos, incluso aparecen usuarios que expresan atracción por personas que cometieron crímenes violentos.

Aunque el fenómeno nació con fuerza en Estados Unidos, también empezó a aparecer en América Latina y en la Argentina. En algunos casos recientes, investigaciones vinculadas a amenazas escolares detectaron contactos con chats, foros o referencias propias de esta subcultura.

Para Ortega, la clave está en entender que la tecnología ya no solo distribuye contenidos, sino que también puede moldear conductas. “El objetivo del algoritmo es maximizar la atención. Entonces, si una persona consume contenido de manera constante, se recrea un universo que forma su realidad en función de lo que mira, de cuánto tiempo permanece en redes, de si da like, comparte o envía ese contenido”, señaló.

La dinámica suele comenzar en plataformas abiertas como TikTok o Instagram, donde los videos breves permiten una circulación rápida y emocional. Luego puede escalar hacia conversaciones grupales en WhatsApp y, en casos de mayor involucramiento, hacia espacios más cerrados o encriptados como Telegram.

También existe una dimensión vinculada a los videojuegos en línea. Plataformas como Roblox, Fortnite, Call of Duty, Counter-Strike o GTA Online no son solo espacios de juego, sino también entornos sociales donde los adolescentes conversan, comparten referencias, arman comunidades y pueden entrar en contacto con discursos violentos.

“Funciona como un reto viral, pero también se vive como una especie de juego. Es como si la lógica de los juegos de realidad virtual se trasladara a la vida real”, analizó Ortega. Según la especialista, a eso se suman conflictos familiares, dificultades escolares, ansiedad o necesidades de llamar la atención, factores que pueden agravar el cuadro cuando no hay acompañamiento adulto.

Frente a este escenario, algunas escuelas adoptaron medidas preventivas como restringir el ingreso con celulares o mochilas. Ortega consideró que pueden ser respuestas útiles en una urgencia, pero advirtió que no alcanzan si no se construyen espacios de educación digital, diálogo y uso controlado de la tecnología.

La especialista también remarcó que la capacitación docente es clave para sostener la autoridad pedagógica dentro del aula y detectar señales de alerta. El desafío no es solo disciplinario, sino cultural: entender cómo circulan estos contenidos, qué significan para los adolescentes y de qué modo pueden intervenir las instituciones antes de que una amenaza se convierta en un daño concreto.

El rol de las familias aparece como otro punto central. Ortega recomendó que los padres hablen con sus hijos, conozcan qué redes usan, qué juegos frecuentan y qué tipo de contenido consumen. También pidió evitar respuestas basadas únicamente en la prohibición, porque pueden empujar esas prácticas hacia la clandestinidad.

“Lo primero es tratar de que los hijos usen el celular delante de los padres. La prohibición lleva a la clandestinidad. Observar, conversar y ver qué están consumiendo es lo mejor”, sostuvo. Para la especialista, las nuevas generaciones necesitan comprender por qué algo está mal y no solo recibir una orden sin explicación.

La preocupación por las amenazas escolares, entonces, deja una advertencia más amplia. No se trata únicamente de frases escritas en un baño ni de publicaciones irresponsables en redes. Detrás aparece un ecosistema digital que mezcla violencia, ansiedad, imitación, algoritmos y ausencia de regulación suficiente.

En San Luis, la respuesta institucional ya incluye protocolos, sanciones y controles. Pero el problema de fondo exige una tarea más profunda: reconstruir la convivencia escolar, fortalecer el diálogo con los adolescentes y asumir que la seguridad también se juega en el mundo digital donde ellos pasan buena parte de su vida.