Ocaso político
Alberto Rodríguez Saá: cinco derrotas, un mismo culpable
Durante décadas, Alberto Rodríguez Saá se acostumbró a no perder. Gobernó San Luis con un control absoluto, moldeó la política a su imagen y creyó que el poder era eterno. Pero la realidad, tarde o temprano, llega. Y cuando llega, no avisa: simplemente te pasa por encima.
En apenas dos años, el exgobernador encadenó cinco derrotas consecutivas que lo dejaron sin influencia, sin tropa y sin relato. El ciclo que alguna vez lo convirtió en un caudillo de provincia terminó devorándose a sí mismo. La última elección no fue una sorpresa, sino la confirmación de un proceso de desgaste que venía gestándose desde hace tiempo.
El resultado fue demoledor. La Libertad Avanza, con el respaldo explícito de Claudio Poggi, arrasó en las urnas y consolidó un mapa político completamente nuevo. El peronismo puntano, todavía bajo la conducción formal de Rodríguez Saá, quedó reducido a un papel testimonial. Sin estructura, sin candidatos competitivos y sin capacidad de reacción, el exgobernador enfrenta lo que más temía: la indiferencia de la gente.
La política tiene sus leyes no escritas, y una de ellas es que el poder no se hereda, se construye todos los días. Rodríguez Saá creyó que su apellido bastaba para sostener una hegemonía que ya no existía. Pensó que podía desafiar al tiempo, al cambio de época y al cansancio social. Pero en el terreno de los votos, el espejo devuelve otra imagen: la de un dirigente que perdió contacto con su propia provincia y que ya no logra convencer ni a los suyos.
Las derrotas se acumulan como piedras en una mochila que ya no puede levantar. En 2021, Claudio Poggi lo derrotó en las legislativas nacionales, arrebatándole dos de las tres bancas en juego. En 2023, su delfín, Jorge “Gato” Fernández, fue barrido en la elección a gobernador. A nivel nacional, su apuesta por el kirchnerismo terminó siendo un boomerang: apoyó a Sergio Massa, que perdió en primera vuelta y en el ballotage. En 2025, volvió a sufrir una caída estrepitosa en las elecciones provinciales y, este domingo, la historia se repitió. Cinco elecciones, cinco derrotas, un mismo culpable.
El problema de Rodríguez Saá no es solo electoral, es existencial. Su estructura política se convirtió en un museo: cuadros viejos, lealtades de utilería y un liderazgo que ya no ordena a nadie. Los intendentes que alguna vez lo seguían hoy responden a Poggi o a Milei, y los que todavía lo mencionan lo hacen más por costumbre que por convicción. La política, que alguna vez giraba a su alrededor, ahora apenas lo observa con curiosidad histórica.
El exgobernador parece no entender que su tiempo se terminó. Todavía se mueve como si siguiera siendo el dueño del tablero, pero el tablero ya cambió de manos. Su discurso, plagado de resentimiento y nostalgia, intenta revivir una épica que hace rato dejó de emocionar. San Luis cambió, y él no.
Rodríguez Saá fue, durante años, el protagonista de una provincia modelo. Hoy es el símbolo de su agotamiento. Su figura, que alguna vez proyectó poder y modernidad, se transformó en un eco distante, en un personaje que no logra reconciliarse con la realidad. El poder que administró con tanto celo lo abandonó sin ceremonias, y la sociedad puntana, cansada de su soberbia, eligió seguir otro camino.
En política, el final no llega cuando uno pierde una elección, sino cuando los demás dejan de escucharte. Alberto Rodríguez Saá ya no tiene público. Y en su caso, esa es la derrota más definitiva de todas.