viernes 9 de octubre de 2026

Abuso sectario

La mujer que fue obligada a casarse a los 3 años con el líder de una secta rompe el silencio

Serena Kelley relata cómo su madre la “entregó” al fundador de la secta Niños de Dios cuando era apenas una niña. Habla de pérdida de identidad, huida, libertad y memoria, y reclama que ninguna otra chica atraviese el mismo calvario.
Reflexiones de una mujer a quien obligaron a casarse cuando tenía tres años
Reflexiones de una mujer a quien obligaron a casarse cuando tenía tres años

“Mi madre me entregó. Nadie susurró una queja. Era apenas una ficha dentro de un orden sagrado que solo admitía obediencia”. Con esa frase, Serena Kelley resume el origen de una historia marcada por el abuso, la manipulación y el control absoluto: la de una niña a la que obligaron a casarse a los tres años con el líder de la secta Niños de Dios, el estadounidense David Berg.

Serena nació en 1984 y creció sin sentir que tenía derecho a decidir sobre su propia vida. “Nunca tuve la sensación de ser una persona. Me percibía como un objeto, un bien que podía cambiar de manos según la decisión de los mayores”, reflexiona hoy, cuando decidió contar públicamente su historia para exigir memoria y reparación simbólica.

La organización religiosa a la que pertenecía su familia se presentaba como una comunidad de fe, pero funcionaba, según su testimonio, como una estructura cerrada y vertical, donde la obediencia al “profeta” estaba por encima de cualquier vínculo familiar. En ese esquema, su infancia quedó reducida a rituales, normas rígidas y la promesa de un matrimonio “sagrado” que nunca eligió.

Con los años, la joven comenzó a advertir fisuras en el relato que había gobernado su vida desde la cuna. Un día, tomó la decisión más difícil: escapar. Dejó atrás la secta, a su supuesto “esposo” y el sistema que la había convertido en un objeto de obediencia. “La libertad aterra al principio. Te sientes incompleta, culpable, deseando volver solo para no tener que decidir sola”, confiesa.

Su salida no fue inmediata ni lineal. En 2002, al cumplir 18 años, volvió con su madre, en lo que describe como el primer movimiento concreto para abandonar definitivamente la organización. Más tarde se instaló en Austin, Texas, donde estudió y se graduó en 2015 como licenciada en Comunicaciones Corporativas. Ese mismo año inició una segunda carrera en Tecnologías de la Información, en un intento por reconstruir una vida propia lejos del pasado sectario.

Serena asegura que, pese al tiempo transcurrido, las marcas de aquel matrimonio forzoso siguen presentes. “A quienes me piden que olvide, les digo: sigo siendo una niña de tres años, con un vestido viejo y la promesa del profeta clavada en el pecho”, sostiene. Y agrega que su decisión de hablar no tiene que ver con el rencor, sino con una demanda colectiva: “No pido piedad ni ira. Solo exijo memoria y verdad, para que ninguna niña tenga que vivir en carne propia lo que a mí me arrebataron”.

Hoy, su testimonio se inscribe en un contexto global de revisión crítica de las estructuras de poder religioso y de las sectas que encubren abusos detrás del lenguaje espiritual. Serena dice que habla por ella, pero también por “todas las que no pudieron, las que aún callan, las que murieron esperando otra oportunidad de ser libres”. En esa frase se condensa su objetivo: que su historia no sea solo un caso extremo, sino una advertencia y una llamada de atención para que estos mecanismos de violencia no vuelvan a repetirse.