lunes 14 de septiembre de 2026

Política

El plan del regreso de Alberto Rodríguez Saá y el pacto con Adolfo que puede reordenar San Luis

Con épica de restauración y un libreto conocido —orden, enemigos y mística—, Alberto Rodríguez Saá cocina un retorno que no es nostalgia: es cálculo. Para recuperar la gobernación deberá reconstruir territorio, aparato y relato… pero, sobre todo, sellar el pacto más decisivo: la tregua con Adolfo, el fundador del poder que gobernó San Luis durante cinco mandatos consecutivos.

 

EL PLAN DEL REGRESO

Alberto José Rodríguez Saá —abogado, dirigente histórico del peronismo puntano y cuatro veces gobernador de San Luis— viene tejiendo en silencio un proyecto de retorno que combina método y fervor. No es un regreso de museo: es una avanzada. Aspira a reordenar el peronismo local, volver a la Casa de Gobierno y, en la misma jugada, cerrar su propia marca histórica, esa que lo deja a un paso de la leyenda familiar: la de Adolfo Rodríguez Saá, el hermano mayor, el arquitecto original del poder, cinco veces gobernador entre 1983 y 2001, casi dos décadas consecutivas moldeando la provincia a su imagen.

El apellido Rodríguez Saá no fue un actor más desde el retorno democrático: fue un sistema. Un orden político con liturgia propia, territorialidad aceitada y una concepción de la conducción que no pedía permiso. Entre Adolfo y Alberto, San Luis quedó bajo el mando familiar durante buena parte del último medio siglo, con alternancias que parecían menos recambio y más ritual. Adolfo, además, cruzó por un instante el umbral de la historia nacional: fue presidente en el convulsionado diciembre de 2001, cuando la Argentina ardía y el poder se deshacía en cuestión de horas. Alberto, por su parte, gobernó en dos ciclos largos —2003 a 2011 y 2015 a 2023— y construyó su propio mito: el del conductor que no se retira, apenas se repliega.

Pero toda épica tiene su piedra. Y la épica del relato personal y familiar —esa que suele incluir la promesa de “poner la casa en orden” y la batalla permanente contra enemigos internos y externos— hoy choca contra una realidad más áspera: el PJ puntano está fragmentado, y la oposición supo aprovechar esa división para ensanchar su músculo territorial y legislativo. El poder, cuando se parte, deja huecos. Y en San Luis, los huecos se ocupan rápido.

Una provincia sin Rodríguez Saá en el Ejecutivo

Desde 2023, entre límites constitucionales, derrota electoral y una oposición que olió sangre, San Luis quedó sin un Rodríguez Saá al mando del Ejecutivo provincial: un hecho político mayor, de esos que reordenan conversaciones, lealtades y temores. Claudio Poggi logró consolidar un esquema competitivo con respaldo de fuerzas opositoras —PRO, UCR y aliados— y, en ese tablero, la vieja guerra familiar funcionó como un acelerante: con el peronismo dividido, la alternancia encontró autopista.

El clima se volvió todavía más espeso por la persistente disputa entre los hermanos. Hubo intentos de dirimir diferencias en el terreno más cruel: las urnas. Hubo listas separadas, estrategias cruzadas, señales contradictorias. En 2019, la pelea escaló al punto de traducirse en ruptura partidaria. En 2023, la unidad fue imposible: Adolfo se movió por fuera del peronismo oficialista y terminó aportando su respaldo a Poggi, ayudándolo a ganar las elecciones. El resultado dejó una enseñanza que en San Luis se conoce de memoria: cuando los Rodríguez Saá no caminan juntos, el poder deja de ser una certeza.

Esa dinámica familiar no es folclore: es política pura. Donde Alberto y Adolfo alinean gesto y territorio, el peronismo conserva caudal y orden. Donde actúan por separado, el mapa se fragmenta y el adversario crece. Por eso el plan del regreso tiene un nudo central, casi inevitable: sellar un pacto de familia que permita capitalizar el peso de ambos nombres en una estrategia unificada. No alcanza con voluntad. Hace falta arquitectura.

El desafío: territorio, aparato y relato

“El plan del regreso” —como lo describen quienes conocen la cocina— no es una postal del pasado ni un eslogan de campaña. Es, ante todo, ingeniería de poder: recuperar presencia territorial, rearmar un aparato comunicacional con volumen real y reconstruir alianzas que permitan disputar no solo la gobernación, sino el control del peronismo puntano. Incluye redefinir estructuras partidarias, ordenar intendencias, recomponer vínculos con sectores sociales y sindicales, y reinstalar un clima político donde la palabra conducción vuelva a sonar como destino.

Pero el factor decisivo, y a la vez el más delicado, sigue siendo el mismo: el pacto familiar. La vuelta a una mesa en la que Adolfo respalde la iniciativa y, a cambio, se contemple influencia real en un eventual nuevo ciclo de poder. No se trata solamente de repartir ministerios o entes —aunque eso también—, sino de rescatar la vieja liturgia que durante décadas identificó a la política puntana con un apellido y una forma de mandar.

En San Luis, la épica nunca fue solo discurso. Fue método. Y si Alberto vuelve, no será como un actor secundario pidiendo lugar: volverá como quien cree que la historia le debe una última escena.
La pregunta no es si intentará el regreso.
La pregunta es otra, mucho más dura: si esta vez la provincia quiere la restauración… o prefiere escribir otro capítulo.