Memo de coyuntura política
Gobiernos débiles para sociedades impacientes
Existe una característica que empieza a repetirse en casi toda América Latina: los presidentes llegan al poder con menos respaldo político que nunca y las sociedades les exigen resultados más rápido que nunca.
La combinación es explosiva.
Durante décadas se hablaba de la "luna de miel" de los gobiernos. Ese período inicial donde la ciudadanía otorgaba tiempo, margen y paciencia para que las nuevas administraciones pusieran en marcha sus programas de gobierno.
Hoy esa luna de miel parece haber desaparecido.
Lo estamos viendo en Chile con José Antonio Kast. Lo vemos en Bolivia con Rodrigo Paz. Lo vemos en Uruguay con Yamandú Orsi. Y también, aunque con matices distintos, lo vimos en Argentina con Javier Milei.
Todos llegaron al poder prometiendo cambios profundos. Todos heredaron problemas estructurales. Y todos descubrieron rápidamente que ganar una elección es mucho más sencillo que administrar las expectativas que genera esa victoria.
La crisis de representación
El problema de fondo no es ideológico. No importa demasiado si los gobiernos son de izquierda, centro o derecha. Lo que está en crisis es la capacidad de representación.
Los electorados están cada vez más fragmentados. Los partidos políticos son más débiles. Los liderazgos son más personalistas. Y los gobiernos llegan al poder con apoyos electorales que muchas veces son prestados más que propios.
Los ciudadanos votan cada vez más en contra de alguien que a favor de un proyecto.
Y eso tiene consecuencias.
La principal es que los niveles de tolerancia frente a los errores son mínimos.
El caso Perú y Colombia
Las recientes elecciones en Perú y Colombia son ejemplos muy claros de esta nueva realidad.
En ambos casos, los balotajes se definieron por márgenes extremadamente ajustados.
La mitad de la sociedad votó una cosa y la otra mitad votó exactamente lo contrario.
El resultado es que los presidentes asumen con legitimidad electoral, pero con enormes dificultades para construir legitimidad política y social.
Gobiernan sabiendo que prácticamente la mitad del país no los acompaña.
Y que buena parte de quienes sí los votaron esperan resultados inmediatos.
Milei y una excepción relativa
Argentina comparte muchos de estos problemas.
Javier Milei llegó al poder con una estructura política mínima, sin gobernadores propios, con escasa representación legislativa y apoyado fundamentalmente en su liderazgo personal.
Sin embargo, hay una diferencia importante.
Mientras otros presidentes de la región vieron deteriorarse rápidamente sus niveles de apoyo, Milei todavía conserva una base de respaldo significativa.
De hecho, esta semana el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella registró su primera recuperación del año, creciendo un 3,9% después de seis meses consecutivos de caída.
No se trata de números extraordinarios.
Pero sí de una señal política relevante.
Especialmente después de meses donde la agenda estuvo dominada por conflictos internos, errores no forzados y cuestionamientos al oficialismo.
La economía sigue siendo el factor decisivo
La explicación probablemente esté en que buena parte de la sociedad continúa evaluando al gobierno principalmente por la evolución económica.
La inflación bajó significativamente respecto de los niveles heredados.
El riesgo país muestra una tendencia descendente.
Las inversiones en energía y minería continúan creciendo.
Y aunque gran parte de esos resultados todavía no impactan plenamente en la economía cotidiana, existe una percepción de que el rumbo económico mantiene cierta coherencia.
Por eso, mientras la discusión política gira alrededor de escándalos, internas y disputas de poder, una parte importante de la ciudadanía sigue observando la misma variable que observó desde el primer día: la economía.
El verdadero desafío
La fragilidad institucional y de representación no es un problema exclusivo de Argentina.
Es un fenómeno regional.
La diferencia está en cómo cada gobierno administra esa debilidad. Porque las sociedades actuales toleran cada vez menos las promesas incumplidas.
Y los gobiernos cuentan con cada vez menos tiempo para demostrar resultados.
La política latinoamericana parece haber ingresado definitivamente en la era de la impaciencia.
Claves de lo que viene
1. La luna de miel presidencial es cada vez más corta. Las sociedades exigen resultados inmediatos y castigan rápidamente los errores.
2. La crisis de representación atraviesa toda la región. Los presidentes gobiernan con menos respaldo estructural y más dependencia de su liderazgo personal.
3. La economía sigue siendo la variable decisiva. Más allá de los escándalos políticos, el humor social continúa dependiendo de ingresos, inflación y empleo.
Durante años América Latina discutió cómo ganar elecciones.
El desafío actual parece ser otro: cómo gobernar sociedades cada vez más fragmentadas, impacientes y desconfiadas.