Hay tardes que no se explican solo con el resultado. Quedan grabadas por el contexto, por el escenario y por el protagonista. El 6 de abril de 1986 fue una de esas jornadas. River le ganó 2 a 0 a Boca en la Bombonera, dio la vuelta olímpica en terreno rival y tuvo como figura central a Norberto Alonso, que firmó dos goles y una de las postales más recordadas de la historia del Superclásico.
A 40 años de aquel partido, la escena sigue intacta en la memoria colectiva: la camiseta blanca con la banda roja, el número 10 en la espalda, la pelota naranja viajando por el aire y el Beto elevándose para anticipar al Loco Gatti y marcar de cabeza un gol que quedó para siempre en el archivo sentimental del fútbol argentino.
El partido llegaba cargado de tensión desde la previa. River ya se había consagrado campeón y en la semana se había instalado una discusión que excedía lo futbolístico: si debía o no dar la vuelta olímpica en la cancha de Boca. El tema escaló tanto que incluso hubo sugerencias oficiales para evitarla por razones de seguridad. Pero dentro del plantel ya estaba tomada la decisión. River era el campeón y estaba dispuesto a celebrarlo.
Del otro lado, Boca atravesaba un momento de recuperación futbolística. Con Mario Zanabria en el banco, había encadenado una buena racha y buscaba arruinarle la fiesta a su clásico rival. La Bombonera ofrecía un marco imponente, hostil y cargado de expectativa. Todo estaba servido para una tarde grande.
Uno de los detalles que terminó empujando el partido al territorio de la leyenda fue la aparición de la pelota naranja. La decisión había sido tomada después de lo ocurrido meses antes en el Monumental, cuando el campo quedó cubierto de papelitos. Para mejorar la visibilidad, Adidas preparó un balón de color naranja. Aunque el partido comenzó con la pelota tradicional, el modelo alternativo apareció en el primer tiempo y terminó siendo protagonista del gol más recordado de la tarde.
A los 31 minutos de la primera parte, Roque Alfaro ejecutó un córner pasado desde la izquierda. Gatti salió a destiempo y Alonso apareció por detrás de todos para conectar de cabeza. La pelota naranja se metió en el arco y el estadio quedó partido en dos: la bronca local y el delirio de la tribuna visitante. Fue un gol histórico por la forma, por el contexto y por el autor.
Ese tanto no solo abrió el partido. También terminó de consagrar una imagen. Alonso salió corriendo, besó la camiseta y celebró con la intensidad de un hincha dentro de la cancha. Su vínculo con River ya era profundo, pero esa tarde lo elevó definitivamente al rango de símbolo absoluto.
En el segundo tiempo, Boca intentó reaccionar y River resistió con oficio, personalidad y la seguridad de Pumpido. El equipo de Héctor Veira soportó los intentos del local y esperó su momento. Ese cierre llegó a cinco minutos del final, cuando Alonso volvió a aparecer. Esta vez fue con un tiro libre al borde del área que se desvió en la barrera y dejó sin respuesta a Gatti. El 2 a 0 selló la victoria y le puso el broche perfecto a una tarde inolvidable.
Después llegó la vuelta olímpica. River celebró el título en la Bombonera y convirtió ese gesto en otro capítulo imborrable de su historia. La imagen del Beto con la camiseta apretada entre las manos, frente a la tribuna millonaria, terminó de construir una estampa eterna para el club y para el fútbol argentino.
La famosa pelota naranja también tuvo su recorrido posterior. Tras el partido, el árbitro Francisco Lamolina la guardó y años más tarde fue donada al Museo River Plate, donde quedó exhibida como una reliquia de uno de los Superclásicos más emblemáticos de todos los tiempos.
Cuatro décadas después, aquella tarde sigue viva no solo por los goles ni por el triunfo. Sigue viva porque condensó todo lo que puede tener un clásico: tensión, orgullo, desafío, talento y un ídolo en estado puro. El 6 de abril de 1986, Norberto Alonso no solo brilló en la Bombonera. Terminó de escribir, en el territorio más incómodo, una de las páginas más gloriosas de su leyenda.